Joaquim HIDALGO



Con sencillez y sin dejar nunca de admirar la valía de muchos otros pintores, Rembrant, Vermeer y el Greco son los pintores de cabecera de Joaquín Hidalgo (Cantallops, 1928). En sus estudios de Barcelona y Tossa, pegadas en la pared, enfrente de los caballetes que utiza para pintar, tiene reproducciones del hombre del casco de oro –dudosa la autoría, pero una gran obra- de la joven de la perla y del caballero de la mano al pecho. Siempre las ve, las reproduce sin querer de ninguna manera imitarlas y nunca para de analizarlas. ¿Por qué lo hace?, pregunto. Pues –creo que puedo responder- para encontrarse a sí mismo, para sentir la luz que viene del interior de todo ser vivo y que él pone en sus cuadros como la expresión más preciada de su intensa voluntad creativa.

A pesar de que lleva muchos años como pintor –comenzó cuando tenía veinte y expone con continuidad desde que en 1952 lo hizo en la galería El Jardín de Barcelona- es ésta la primera vez en la Sala Rusiñol. Es, pues, un pintor nuevo, a pesar que su firma sea de las consolidadas dentro de la actual pintura figurativa catalana, por dos razones: la primera y más accidental, porque ahora lo tenemos aquí; y la segunda, la trascendente, porque se trata de un artista que se renueva constantemente sin dejar nunca de ser él mismo. Porque a primer golpe de vista saber que una obra es suya, ya que ha conseguido consolidar el estilo que mejor le representa, pero siempre hay novedad en un trazo, en un color, en un fondo, en un bordado, en una luz que viene del fondo del cuadro que miramos y que le hace singular en relación a los demás, que también nos ofrecen sus particulares características cuando nos acercamos.

La obra de Joaquín Hidalgo viene de lejos y nos sitúa dentro de los misterios de la vida humana. Evoca el pasado, pero nos ofrece el presente que llevamos en nuestros respectivos interiores. Sabe pocear en él mismo y de esta forma encuentra el sentido humano de la belleza que admira en su trilogía de grandes maestros.

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